Categorías
Personal

Mi vida en Azores

Fue un día largo. En un día, en un solo día, comencé en una gran isla, pasé la tarde en el viejo continente y acabé la noche en mitad del Atlántico Norte.

Esta mañana me desperté con todo por hacer: la maleta, el desayuno, comprobar la ruta al aeropuerto… Hice todo eso y, además, viodellamé a mi jefa.

Mientras hablaba con ella, hacía la maleta a toda prisa por videoconferencia. Ella hablándome de cosas técnicas mientras yo aplastaba, frente a la cámara, mi ropa interior en el fondo de la mochila. Entre tanto, escondí dos gramos de marihuana.

Leah me pidió un coche al aeropuerto que le pagué con el poco efectivo británico que me quedaba. Cinco billetes de la Reina. El conductor vino ráudo a las once en punto de la mañana y dejé la ciudad atrás tristeza. Aquí dejaba mi año de aventuras en el extranjero donde todo me fue tan bien:

Dejando Londres en el taxi de camino al aeropuerto. Un lunes por la mañana, en pleno centro de la segunda ciudad más importante del mundo, sin nadie por la calle.

Nada más aterrizar en Lisboa, sentí una gran descanso. Algo se descargaba en mis hombros. Un peso generado por la energía tan intensa y espesa de Londres, supongo.

Esa energía londinense se mitigó cuando la bocanada de aire caliente me abrazó la cara al salir por la puerta del aeropuerto de Lisboa a las tres de la tarde:

Parada técnica en Lisboa.

Me quedé un rato rodando el aeropuerto sin saber qué hacer: tenía cuatro horas y podía ir a la ciudad y visitarla por primera vez, pero me dio miedo no saber llegar al aeropuerto de vuelta, así que me quedé toda la escala sentado mirando la preciosa puesta de sol y viendo los autocarros pasar:

Autocarro do servicio rodoviária de Lisboa. En las pegatinas de la derecha en la puerta se aprecia que se admiten bicicletas y a E.T.
Cae la tarde en el aeropuerto Humberto Delgado de Lisboa. Tras la gorra de Mario, el Sol proyectaba su sol en rayos perpendiculares que acariciaban el cielo lisboeta.

Al volver a entrar, llegué a mi puerta de embarque advirtiendo que éramos apenas veinte personas en total y, probablemente, yo sería el único forastero de la fila. Me lo veía venir:

Efectivamente: yo era el único forastero en esa puerta de embarque.

Tras subir a ese pequeño avión de TAP, la aerolínea portuguesa que me sacó esta mañana de Reino Unido, comprobé que mi predicción era correcta y el vuelo me pareció una encerrona con un montón de azorianos que dejaban la capital de su república para regresar a su pequeña isla.

Tras dos horas en silencio y con el bozal puesto, al final del avión sin nadie en los asientos traseros, el avión comenzó a agitarse bruscamente: había turbulencias.

Tuve que pensar fuertemente en la idea natural de que era algo común en cada vuelo: ¿qué otra cosa haría un avión, si no, atravesando la noche del Océano Atlántico? No pude evitar pensar, como siempre hago, en la muerte, justo en ese momento.

Al aterrizar, noté la energía de las Azores. El aire olía distinto. Tenía otro peso. La humedad oceánica me susurraba la piel, como acariciándome: estaba cumpliendo uno de mis sueños de la infancia, y es el de visitar las famosas islas Azores que aparecían en el videojuego ‘Indiana Jones and the Fate of Atlantis‘:

Cuántas veces jugué a este juego y me quedé embobado viendo ese pueblo costero enclavado en mitad del Océano, tan azul, con ese verde tan verde. ¿Existiría eso en algún lugar?

Tomé un taxi que me llevó al centro, donde está mi nueva casa. Al llegar, la casera me dejó las llaves guardadas en el contador del agua, con las que abrí el portal.

Al dejar todas mis maletas dentro y despedir al taxista, con el que tuve mi primera conversación azoriana de camino en el coche, entré en casa.

Mi casera, Nelinha, había dejado todo impecablemente limpio y ordenado. Me había comprado una calentadora de agua, una kettel, nueva a estrenar. Sobre la encimera, además, unos sobres de café, un litro de leche de las Azores, un paquete de mantequilla de las Azores, medio queso azoriano también, un paquete de pan de molde de Badajoz (aquí casi todo lo traen de España), un par de rodajas de pastel de mármol de chocolate recién hecho, dos botes de cristal con una ración de arroz y otro con pasta, un bote con azucarillos y hasta un juego de pinzas.

Yo no podía ni parpadear. Había pagado el dinero por adelantado, sin ni siquiera ver la casa en persona, y la casera se había tomado todas las molestias del mundo conmigo. Hasta me dejó un edredón que le pedí.

Entre ella y Fernando, el taxista, comprobé que la decisión de viajar a las Azores tenía todo el sentido del mundo. Llevaba años quejándome del mundo, buscando un lugar donde estar tranquilo, desarrollarme en paz, encontrar un clima agradable, un paisaje imponente y oceánico y, a poder ser, instalado en los años noventa: lo había conseguido.

Estaba en las Azores.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *