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Huyendo del coronavirus

Día 6 – Escapando a Londres

Me despido de Mirsiris.

Let’s contagiate eachother for a last time -le digo abrazándonos-.

Respiro libertad. Voy a salir a la calle y, por fin, saldré de la oscuridad y la depresión que devoraban el Generator. Regresaré a París pero en circunstancias más lúdicas.

Me dirijo dando un paseo desde Colonel Fabien hacia la Garde Du Nord, que encuentro casi vacía.

París esta mañana cerca de Garde du Nord.
La estación de tren sin pasajeros.

Me dirijo a las máquinas de autoventa de billetes y ¡diez euros por un billete hacia el aeropuerto! Qué hijos de puta. Ni en España, que ya son pillos, hacen algo así.

Para mi disgusto, me encuentro las puertas de acceso a las vías ya abiertas: ¿habré pagado diez euros para nada?

En el andén me compro un Oasis Tropical y un bollo relleno de crema que está espectacular, pero no recuerdo el nombre. Sólo recuerdo que todo esto cuesta casi cinco euros.

¿Alguien sabe el nombre de esta cosa tan rica?

En el trayecto en tren hacia el aeropuerto somos no más de diez viajeros en todo el vagón.

Se me acerca un francés de edad mediana que vive en Tailandia y quiere regresar a Tailandia con Lufthansa. Se dirige a mí en francés, no le entiendo, e intenta cambiar al inglés, pero le entiendo aún menos. No tiene ningún tipo de preocupación sanitaria. Sólo quiere regresar a Tailandia, donde parece que vive desde hace tres decenios.

Llego al aeropuerto de Charles de Gaulle. El más cómodo para estar durante horas, porque tiene Internet grautito de alta velocidad y muchas tomas de corriente por todas partes, además de estar bien señalizado.

Preparado para la que me espera con mi gorra de los Lakers allá donde vaya.
En el suelo escribiendo mi primer borrador de ‘Huyendo del coronavirus’.

Justo ayer me compré un champú en París y en la mochila traía un carísimo enjuague bucal de Kin de un litro. Como no tenía previsto viajar en avión y no facturo la mochila, decido tirarlos. Me sale más a cuenta perder 12 euros que pagar 20, 30 o lo que cueste facturar esas botellas.

Subo al avión de Easyjet. Mi primer vuelo París-Londres. Por supuesto, el único extranjero en un avión lleno de franceses y británicos. ¿Qué motivo tenrá esta gente para volar? ¿Seré yo el único que está viajando casi por placer a estas alturas de la película? Me pregunto mientras los interrogo con la mirada.

A mi izquierda pego la nariz en el cristal templado del avión. Me tocó ventanilla. A través de ella miro con tristeza la Tour Eiffel que queda abandonada bajo mi avión. Siento como si me hablase y me dijese que regrese pronto. Lo haré, Tour Eiffel.

¿Ven la Tour Eiffel al fondo?
Aquí está, despidiéndome de París desde la ventanilla. Tan pequeña, tan lejana, y siempre tan hermosa. Me despido triste de la ciudad de la luz.

Al aterrizar en Gatwik todo el protocolo de salida es fluido. Todos acuden al control de pasaporte pero yo, como siempre, me rebelo y exijo lo mío: decido ser el único que hace fila para el control de documentos. Quiero seguir entrando a Reino Unido con mi DNI mientras pueda.

Al salir, el gobierno y la NHS ya tienen todo empapelado con algo que, desde lejos, parece el cartel de un festival rave, pero es un cartel de advertencias y consejos acerca de la cancioncita de moda:

Si tienes síntomas NO vayas al hospital. Quédate en casa y ponte a ver ‘Coronation Street’.

Mientras espero al autobús de National Express que me llevará, por otras diez libras (parece que siempre tengo que pagar diez libras, euros o dólares para ir o venir de cualquier aeropuerto del mundo) a la estación de Victoria.

Mientras espero, el quiosco del aeropuerto no puede ser más cliché: el Guardian Weekly, el Time con la portada de la Princesa Diana y un The Oldie con Sean Connery y la Union Jack en portada:

Habría faltado Vicky Pollard en la portada de National Geographic para completar.

Tomo el tube. El metro de Londres está desértico, también. Aún no tengo guantes y, por la neura, evito tocar cualquier cosa o acercarme a quien sea.

Llego a la estación de Willesden Green. El aire helado se cuela por mi nariz y, curiosamente, huele a pescado con patatas fritas. Al igual que París huele a boulangerie, Londres huele completamente a fish and chips.

Hoy paso mi primera noche en Londres, con el estómago casi vacío.